16 may. 2012

Lo, o el presente de encarnación II

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[...] A sus propios padres, a veces, unos padres tan y tan evolucionados: "¿Pero cómo, señor Pennacchioni, les hace usted aprender textos de memoria? ¡Mi hijo ya no es un niño!". Su hijo, querida señora, no dejará nunca de ser un niño de la lengua; y usted misma un bebé muy pequeño; y yo un ridículo mocoso; y todos juntos, pura pescadilla acarreada por el gran río que brota de la fuente oral de las Letras; y a su hijo le gustará saber en qué lengua nada, lo que le sustenta, sacia su sed y le nutre, y convertirse él mismo en portador de esa belleza, ¡y con qué orgullo!; adorará, confíe en él, el sabor de las palabras en su boca, las bengalas que iluminan en su cabeza esos pensamientos, y descubrir la prodigiosa capacidad de su memoria, su infinita flexibilidad, esa caja de resonancia, ese inaudito volumen donde lograr que canten las más hermosas frases, suenen las más claras ideas. Le encantará esa natación sublingüística cuando hay descubierto la insaciable gruta de su memoria, adorará sumergirse en la lengua, pescar los textos en sus profundidades, y a lo largo de toda su vida saberlos allí, constitutivos de su ser, poder recitárselos de improviso, decírselos a sí mismo por el sabor de las palabras. Portador de una tradición escrita que vuelve a ser oral gracias a él, tal vez llegue incluso a decírselas a otro, para compartirlas, por los juegos de la seducción, o para hacerse el pedante, es un riesgo que hay que correr. Al hacerlo, recuperará el vínculo con aquellos tiempos previos a la escritura en los que la supervivencia del pensamiento dependía solo de nuestra voz. Si me habla usted de regresión, yo le responderé reencuentro. El saber es primero carnal. Son nuestros oídos y nuestros ojos los que lo captan, nuestra boca la que lo transmite. Nos llega por los libros, es cierto, pero los libros salen de nosotros mismos. Un pensamiento hace ruido, y el placer de leer es una herencia de la necesidad de decir.

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¡Ah, una cosa más! No se preocupe, querida señora (podría añadirle yo hoy a esa mamá que, de generación en generación, no cambia), toda esa belleza en la cabeza de sus hijos no va a impedirle chatear fonéticamente con sus amiguitos en la red, ni mandar esos SMS que le hacen chillar como una rata: "¡Dios mío, qué ortografía! ¡Cómo se expresan los jóvenes de hoy! Pero ¿qué hace la escuela?". Tranquilícese, haciendo trabajar a sus hijos no reduciremos su capital de inquietud materna.

DANIEL PENNAC, Mal de escuela

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